Los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas, levantarán
las alas como las águilas; correrán y no se cansarán; caminarán y no se
fatigarán. Isaías 40:31
¿Qué es lo que acaba con la vida de un hombre? ¿Qué es
aquello que lo derrota? No es la enfermedad que lo abate. No es la miseria que
lo aflige. No son los años que acortan su existencia. No es toda esa gama de
problemas que gravitan sobre su espíritu.
Lo que acaba con la vida, lo que la
derrota y desquicia es la falta de fe en Dios. Su falta de confianza en Aquel
que ha prometido ser su sostén y conducirlo a través de este mundo que se le
complica más y más cada día.
En la “caída” el existencialista Camús situaba al
hombre contemporáneo dentro de una celda, que no es lo suficiente alta, para
estar de pie; ni lo suficiente ancha para poder acostarse, o se agachaba o se
tiraba oblicuamente. Carecía, por una parte de cielo, de altura; por otra, de
horizontes, de perspectivas. Un hombre así no puede levantarse triunfalmente.
Está, en sí mismo, desvalido. Sin embargo hay una vida triunfante para los que
esperan y confían en Dios. Como las águilas levantarán sus alas. Correrán y no
se cansarán; caminarán y no se fatigarán. El Dr. Stanley Jones nos relata una
de sus grandes experiencias de la vida espiritual.
Él nos dice:‑ en uno de esos momentos de
meditación en los que yo escucho a
temprana hora de la mañana, cuando yo no pido absolutamente nada pero escucho
para ver si Dios tiene algo que decirme a mí, Él me dijo: “Tú eres mío, la vida
es tuya.” Me sorprendí y le pedí que lo repitiera.
Lo repitió: “Tú eres mío, la
vida es tuya” esas palabras han estado cantando en mi corazón desde entonces:
sé que si pertenezco a Cristo, la vida me pertenece. Yo puedo dirigirla y
alcanzar lo mejor de todo lo que la vida me traiga, ya sea bueno, ya sea malo o
ya sea de carácter neutral.
Esta declaración es un certificado que declaraba su
suficiencia en cualquier situación, en cualquier condición, en cualquier
periodo de la vida. Es una garantía universal de que la vida es mi sirviente y
que yo soy esclavo del señor. Entonces ya no tengo que preocuparme acerca de
esto o lo demás.
Tengo solamente un objetivo y solamente uno: que yo pertenezca
a Él ‑. Veamos la vida triunfante en términos de una entrega, de una rendición.
Esa entrega y esa rendición es a Jesucristo, a cuyo lado siempre saldremos
victoriosos.