Diariamente enfrentamos una lucha contra la tentación, terrible. De la vida de Cristo podemos extraer algunas enseñanzas.
Las tentaciones fueron experiencias periódicas en la
experiencia terrenal de Jesús. Pudo haber sido tentado muchas veces, pero las
tres que se señalan significativamente ocurrieron poco tiempo después de haber
cobrado conciencia de su vocación mesiánica en el bautismo.
Tiene ante sí la
realización de su destino. ¿Cómo habrá de hacerlo? ¿Escogerá el camino más
corto, el del atajo? Tres alternativas y una lucha muy ardua. James moffatt nos
la presentará como “una gran batalla narrada en vibrante pieza descriptiva
magistral”.
Y añade: “buscad al artista, no entre el grupo de una comunidad, ni
en la institución teológica de ninguno de los discípulos. Buscadlo en Jesús
mismo.
A Él solo debemos la descripción del conflicto en un cuadro maestro”. La
primera alternativa es la de convertir las piedras en pan. Un medio muy fácil
para llegar al fin. El pan siempre atrae las multitudes, sobre todo si tienen
hambre. En la segunda el tentador le ofrece los reinos de éste mundo.
Un recurso
que como Mesías podía utilizar para atraer o bien para excitar las ansias patrióticas
de su pueblo y someterlo a sus plantas. En la tercera al incitarle a que los ángeles
le tomen en sus manos para que su pie no tropiece en piedra insinúa una evasiva
del peligro. Esta pudo tener alcances trascendentales y llegar hasta la misma
cruz. No cabe preguntar cuál de las tres fue la más peligrosa.
Todas lo son
igualmente. Pero en nuestra vida siempre es la primera. Si cedemos una vez, ya
se hará más fácil seguir cediendo. ¿Cómo nos enfrentaremos a la tentación? Jesús
se enfrentó al enemigo haciendo uso de las promesas divinas. Nosotros también debemos
hacerlo así.
Y recordemos que sí huimos del diablo, él huirá de nosotros. Esto
es muy importante reconocerlo. Don quijote en una ocasión huyó del enemigo y
cuando Sancho se lo echaba en cara respondía: ‑No huye quien se retira. La valentía
que no se funda sobre la base de la prudencia se llama temeridad‑.
Y cuando un
zorrito novato le preguntó a un zorro viejo sobre la mejor manera de
enfrentarse a sus enemigos los perros, éste le contestó: ‑Ya yo estoy viejo y
canoso. Fíjate en mis cicatrices. Me vienen de mis pleitos con los perros. La experiencia
me aconseja a mantenerme los más alejado posible de ellos.
El vencer una tentación nos capacitará para hacerle frente a
la nueva acometida del enemigo.
